LEVITICUS: El monstruo tiene tu cara

 

Título original: Leviticus
Dirección y guión: Adrian Chiarella
Reparto: Joe Bird, Stacy Clausen, Mia Wasikowska, Ewen Leslie y Jeremy Blewitt
Año: 2026
Nacionalidad: Australia
Duración: 88 minutos
Género: Terror sobrenatural, drama, terror queer
Premio: Premio Citizen Kane al director revelación, Sitges 2026
Valoración personal: 7/10

Sinopsis


En una comunidad australiana profundamente religiosa, dos adolescentes, Naim y Ryan, comienzan una relación que choca frontalmente con los valores de su entorno. Cuando su secreto sale a la luz, la respuesta de la comunidad no es la comprensión, sino el castigo. Un ritual concebido para corregir aquello que consideran una desviación desencadena algo mucho más aterrador de lo que nadie podría haber imaginado.

A partir de ese momento, los dos chicos tendrán que enfrentarse a una amenaza que parece conocerlos demasiado bien. Algo los persigue, algo que se mueve entre las sombras y que convierte sus propios sentimientos en una fuente de angustia. Porque, a veces, lo verdaderamente terrorífico no es aquello que viene a por ti, sino la razón por la que nadie más parece capaz de comprender lo que estás viviendo.
Adrian Chiarella: convertir el miedo en monstruo

Uno de los grandes aciertos de Leviticus es que Adrian Chiarella sabe perfectamente de dónde quiere que nazca el terror. No le interesa únicamente construir una historia de adolescentes perseguidos por una presencia sobrenatural. Lo que le interesa es explorar el miedo que aparece cuando una comunidad decide que hay algo malo en ti y te obliga a creer que debes cambiar para merecer su aceptación.





La película utiliza los códigos del terror para hablar de una violencia muy real: la homofobia, el rechazo y la presión de quienes convierten sus creencias en una herramienta para controlar la vida de los demás. Y lo hace sin necesidad de transformar su discurso en un sermón. La amenaza sobrenatural funciona como una prolongación de ese entorno opresivo, como si los prejuicios hubieran encontrado una forma de salir de las paredes de la comunidad y perseguir a quienes se atreven a ser ellos mismos.

Chiarella ha explicado que quería construir una película de terror en la que el miedo estuviera relacionado con la homofobia. La idea resulta especialmente interesante porque no plantea el conflicto desde una oposición sencilla entre lo natural y lo sobrenatural. Aquí, el auténtico horror nace de algo mucho más reconocible: el daño que puede causar una sociedad cuando decide que el deseo de otra persona constituye un problema que debe corregirse.

Y, a partir de ahí, la película encuentra una manera muy eficaz de convertir esa violencia emocional en una amenaza física.

El terror queer y la necesidad de dejar de ponerle etiquetas


Me interesa especialmente la manera en que Leviticus utiliza el terror para abordar una historia queer. Durante mucho tiempo, el género ha servido para hablar de aquello que la sociedad considera extraño, diferente o amenazador. El monstruo ha sido una herramienta perfecta para representar los miedos colectivos, las obsesiones y las contradicciones de cada época.

En este caso, Chiarella da la vuelta a esa lógica. El problema no está en quienes se salen de la norma, sino en la norma que se impone sobre ellos. La película nos sitúa en una comunidad que interpreta el deseo de dos adolescentes como algo que debe ser eliminado y convierte esa convicción en el punto de partida de una pesadilla.

Hay algo muy potente en esa inversión. Lo que debería ser una experiencia íntima, incluso hermosa, se transforma en una fuente de angustia porque los protagonistas han aprendido que aquello que sienten puede tener consecuencias terribles.

También me hace pensar en la propia etiqueta de terror queer. Me encanta que existan películas que aborden estas historias y que el género permita explorar experiencias que durante demasiado tiempo han quedado fuera de los relatos tradicionales. Pero ojalá llegue el día en que no necesitemos separar estas películas en categorías específicas para reconocer su importancia. En una sociedad verdaderamente abierta, contar una historia de amor entre dos chicos no debería convertir automáticamente una película en algo excepcional.

Mientras tanto, películas como esta siguen siendo necesarias. No porque deban explicar una realidad que tendría que estar asumida, sino porque recuerdan lo que ocurre cuando una comunidad decide que el amor de otras personas es una amenaza.

Dos protagonistas que sostienen la pesadilla


Joe Bird y Stacy Clausen son fundamentales para que todo funcione. La película necesita que creamos en la relación entre Naim y Ryan, que entendamos su vulnerabilidad y que sintamos lo que está en juego cuando el mundo que los rodea empieza a volverse contra ellos.

Los dos actores construyen una relación convincente y llena de matices. No se limitan a interpretar a dos adolescentes enamorados que deben huir de una amenaza. Hay miedo, confusión, deseo, ternura y una fragilidad que hace que el peligro resulte todavía más angustioso. Son personajes que están intentando descubrir quiénes son mientras los demás se empeñan en decidirlo por ellos.



Esa dimensión emocional es imprescindible. Si no nos importaran los protagonistas, Leviticus podría quedarse en un ejercicio de persecución sobrenatural. Pero la película consigue que el suspense esté conectado con algo más íntimo: la posibilidad de que aquello que te hace feliz sea también lo que los demás utilicen para hacerte daño.

Además, la puesta en escena sabe aprovechar esa vulnerabilidad. Chiarella no necesita mostrarlo todo para que sintamos la amenaza. A menudo, la incertidumbre resulta mucho más eficaz que una explicación inmediata. Hay presencias que se intuyen, espacios que parecen esconder algo y momentos en los que la mirada de los personajes nos obliga a preguntarnos qué estamos dejando fuera de campo.

Y ahí está buena parte de su fuerza: en conseguir que el espectador comparta la inseguridad de quienes están viviendo la pesadilla.


Lo que no vemos también da miedo


Una de las decisiones más interesantes de Leviticus es la forma en que administra la información. La película juega con la espera, con aquello que aparece apenas un instante y con lo que permanece oculto mientras los personajes intentan comprender qué está ocurriendo.

El terror no depende únicamente de los sobresaltos. También nace de la sospecha, de la posibilidad de que algo esté ahí aunque no podamos verlo con claridad y de la inquietante sensación de que la amenaza tiene una relación demasiado íntima con quienes la sufren.

Por eso prefiero no explicar demasiado sobre su naturaleza. La propia película va construyendo sus reglas y revelando poco a poco sus cartas, y conviene acompañarla en ese recorrido sin adelantar descubrimientos que funcionan mejor cuando llegan en pantalla. Parte de la experiencia consiste precisamente en no saber del todo qué estamos mirando, qué significa aquello que intuimos o hasta dónde puede llegar.

Lo importante es que el elemento sobrenatural no aparece como un adorno colocado encima del conflicto social. Está integrado en él. La amenaza se alimenta del miedo y de la culpa que los protagonistas han aprendido a sentir, y esa conexión convierte cada encuentro en algo más incómodo que una simple persecución.

La película comprende que, en ocasiones, el fuera de campo puede ser mucho más perturbador que cualquier criatura mostrada con todo detalle. Y también que el miedo más eficaz es aquel que encuentra un lugar en nuestra cabeza y nos obliga a completar lo que la pantalla se resiste a enseñar.

It Follows: una comparación inevitable, pero no suficiente


Es probable que Leviticus recuerde a algunos espectadores a It Follows, de David Robert Mitchell. Ambas películas utilizan una amenaza persistente, convierten la persecución en el motor de la tensión y juegan con la inquietud de no saber cuándo ni desde dónde llegará el siguiente peligro.

Sin embargo, la semejanza en ese mecanismo no significa que las dos películas me provoquen lo mismo. Personalmente, It Follows nunca terminó de convencerme. Su ritmo, su dinámica y la manera en que desarrolla su reflexión me dejaron bastante fría. Entiendo lo que propone, pero su planteamiento no consiguió atraparme.

Con Leviticus me sucede algo distinto. La amenaza tiene una relación más directa con el conflicto emocional de los personajes y con el entorno que los ha condenado. No se trata solamente de escapar de algo que los persigue, sino de sobrevivir a una situación en la que el miedo exterior y el interior empiezan a confundirse.

Esa conexión me parece mucho más estimulante. El terror no se limita a mantenernos pendientes de la siguiente aparición, sino que nos obliga a pensar en el origen de esa pesadilla y en las consecuencias de haber convertido el deseo en motivo de vergüenza.


La religión como instrumento de control


El título de la película remite al Levítico, uno de los libros de la Biblia cuyos pasajes se han utilizado históricamente para condenar las relaciones homosexuales. La referencia no es casual: está en el centro de una historia en la que la religión deja de ser una cuestión de fe personal para convertirse en una estructura que impone comportamientos y castiga a quienes no encajan en ella.

La película no necesita afirmar que toda experiencia religiosa conduce al rechazo. Lo que cuestiona es el uso de las creencias como justificación para ejercer violencia sobre los demás. Cuando una comunidad considera que tiene autoridad para corregir la intimidad de sus miembros, el cuidado puede transformarse en vigilancia y la protección, en una forma de sometimiento.

Hay algo especialmente cruel en que el ritual que desencadena la pesadilla se presente como una solución. Los adultos creen estar actuando por el bien de los chicos, o al menos eso es lo que permite justificar sus decisiones. Pero el resultado demuestra hasta qué punto una intención supuestamente moral puede convertirse en una experiencia destructiva.

Y ahí es donde la película trasciende el género. Porque, detrás de la criatura y de la amenaza sobrenatural, reconocemos una violencia que no necesita elementos fantásticos para existir. Basta con que alguien decida que tiene derecho a decirte a quién puedes amar y qué parte de ti debes arrancarte para ser aceptado.


En medio del horror, la ternura


Aunque Leviticus es una película de terror, para mí lo más interesante no está únicamente en sus escenas más inquietantes. Está también en la ternura que sobrevive entre los dos protagonistas, en la intimidad que intentan proteger y en la necesidad de encontrar un lugar seguro cuando todo lo que los rodea parece amenazarlos.

Esa dimensión emocional evita que la película se convierta en una sucesión mecánica de persecuciones. Hay algo profundamente injusto en ver cómo dos chicos que están empezando a descubrir sus sentimientos tienen que dedicar sus energías a sobrevivir a las consecuencias de esos mismos sentimientos.




Y es precisamente por eso por lo que el terror funciona. La película nos hace sentir que lo que está en peligro no es solo la vida de los protagonistas, sino también su derecho a construir una identidad y una relación sin tener que pedir perdón por ellas.

Chiarella entiende que el horror puede ser mucho más poderoso cuando hay algo que merece la pena salvar. Y aquí lo hay: el vínculo entre Naim y Ryan, la posibilidad de quererse sin miedo y la esperanza de que exista un mundo en el que no tengan que esconderse.
El monstruo no debería ser el deseo

Leviticus fue una de mis películas favoritas de Sitges 2026, y el Premio Citizen Kane al director revelación me parece muy merecido. Adrian Chiarella demuestra una notable capacidad para combinar el terror sobrenatural con una historia emocional y social que tiene mucho más que decir que una simple lucha por sobrevivir.

Joe Bird y Stacy Clausen sostienen la película con dos interpretaciones magníficas, mientras que la puesta en escena encuentra buena parte de su eficacia en aquello que decide reservarse. No hace falta enseñarlo todo para generar inquietud; a veces basta con saber que algo está ahí, acechando en el límite de nuestra mirada.

Puede que el relato no sea perfecto, pero su propuesta tiene fuerza, personalidad y una idea central que permanece después de los créditos. Porque el verdadero horror no está en que alguien ame de una manera que su comunidad no comprende. Está en que esa comunidad consiga convencerlo de que hay algo monstruoso en ello.

Y quizá esa sea la mayor virtud de Leviticus: recordarnos que el monstruo no nace necesariamente de aquello que deseamos, sino del miedo que otros nos enseñan a sentir por desearlo.



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